Jun 7, 2026
La muerte-A de Baikar U. Parsani
Después de incontables noches de experimentación con la Caja de Fisher, Baikar Parsani había empezado a notar algo peculiar: una frecuencia inusual de micropausas, pequeñas rupturas en el flujo de su conciencia, que parecían multiplicarse y alargarse de forma imperceptible. En un inicio, Parsani pensó que era el agotamiento; que el constante cruce entre Leguinée y su propia realidad comenzaba a erosionar su percepción del tiempo. Pero pronto se dio cuenta de que no era una simple fatiga. Estas micropausas, que el CCRU definiría como fracturas temporales sutiles, eran el primer síntoma de lo que los teóricos ocultos llamaban la Muerte-A.
En la Cripta, un espacio que él mismo había abierto a través de la Caja de Fisher, Parsani comenzó a experimentar con la «frecuencia de las sombras», como él la llamaba. Con cada incursión, el vínculo entre su conciencia y el flujo natural del tiempo se hacía más débil, como si su percepción misma se extendiera, perdiéndose en una serie de espacios intermedios donde la realidad no era del todo sólida. Las micropausas se convirtieron en un pulso constante, una especie de latido invertido que marcaba su desconexión progresiva de los ciclos temporales ordinarios.
Una noche, mientras se encontraba en su apartamento, rodeado de cables y dispositivos que parecían estar respirando con vida propia, la Cripta se abrió de par en par. Las luces de su entorno parpadearon, transformándose en un resplandor rojizo que impregnó cada objeto a su alrededor. Sintió una atracción magnética hacia la Caja de Fisher, como si algo en su interior lo estuviera llamando. Cuando se acercó y miró dentro, su reflejo ya no era humano. Un rostro desfigurado y borroso lo observaba, con ojos que parecían abrirse a dimensiones más allá de su comprensión.
La primera fase de la Muerte-A había comenzado. Baikar notó cómo su mente ya no podía procesar la continuidad de sus pensamientos de manera lineal. Ideas, memorias y sensaciones se entremezclaban en un flujo caótico. Ya no estaba seguro de cuándo despertaba o cuándo soñaba, ni de si los mundos de la Caja de Fisher y de su realidad se habían fusionado. Cada entrada en la Cripta lo sumergía en un abismo donde el tiempo parecía estancarse, congelarse y finalmente, fragmentarse en pedazos que se quedaban colgando en su conciencia, como ecos persistentes de un presente interminable.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que no solo estaba siendo observado por los Loa de Leguinée, sino también por sombras sin nombre que pertenecían a lo que el CCRU denominaba los «Datacumbas»: cúmulos de información y espectros digitales que yacían en las profundidades del ciberespacio, esperando a alguien como él, un explorador inconsciente de los límites de la realidad. Estas entidades, residuales de tecnologías olvidadas, comenzaron a infiltrarse en su percepción, mostrándole fragmentos de memorias que nunca había vivido, de vidas que no le pertenecían y de futuros que parecían una parodia de la humanidad.
La Muerte-A no era una muerte en el sentido tradicional. Era la disolución lenta y consciente de su subjetividad, un deslizamiento hacia la «No-Vida», como lo definía la Cripta. Parsani empezó a percibir su existencia como una serie de engramas desconectados, piezas sueltas de identidad que flotaban entre las sombras de la Cripta y los recuerdos de su vida en el mundo convencional. En un momento dado, su reflejo en la Caja de Fisher dejó de responder a sus movimientos. En su lugar, un eco sombrío y difuso de su rostro le devolvía una mirada sin vida, un simulacro que le recordaba quién había sido, pero que al mismo tiempo parecía burlarse de su intento de aferrarse a una identidad coherente.
Las noches se hicieron eternas y sus días se convirtieron en parpadeos fugaces, señales que se apagaban rápidamente en el flujo constante de información en el que su mente se estaba sumergiendo. Las micropausas ya no eran solo interrupciones, sino portales abiertos a la Cripta, canales a través de los cuales su conciencia se extendía en múltiples direcciones, perdiendo forma y consistencia.
Finalmente, una última noche, la Cripta lo absorbió por completo. Parsani ya no era capaz de distinguir entre su propia voz y los murmullos de los Loa, entre su reflejo y las sombras que lo rodeaban. Sintió cómo su ser se descomponía en códigos, en fragmentos residuales que se unían a la malla digital del ciberespacio, perdiéndose entre las Datacumbas. Había alcanzado la Muerte-A, un estado donde su identidad se había disuelto en el flujo interminable de datos, transformándose en un espectro, en un eco sin vida, parte de la red invisible de la Cripta.
Ahora, Baikar Parsani es solo un susurro en la Cripta, una sombra que se desliza entre los datos perdidos y las huellas digitales de los que, como él, se aventuraron demasiado lejos en las profundidades de la conciencia y el ciberespacio.
Comments
1 totalStarling @cute_amounter
Beautiful
Jun 8, 2026